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“Me estoy tomando el primer cafecito antes de la apertura. Este bar era mi refugio, mi casa”, confiesa doña Rosita, ubicada en una mesa. La señora, entusiasmada, le mandó un mensaje a su hijo a través del celular. “En unos días reabre el Saeta, ya están calentando motores. Vuelve la mítica esquina del barrio. Casi me pongo a llorar de la emoción”, se oye, mientras bebe un sorbo de la infusión preferida y sonríe. Carlos, otro... + full article
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