La  nueva  “guerra silenciosa” por la conquista de la IA

La guerra de la IA es una lucha por la hegemonía cultural, la soberanía tecnológica, y por el control de la energía y del agua que alimentan gigantescos data centers.

En la historia de la humanidad, las grandes potencias navegaban los mares con la firme intención de anexar territorios, exhibiendo banderas y reclamando nuevos dominios para la Corona. Tener más territorio significaba más relevancia política y militar. Luego llegó la era del oro negro y la obsesión por los recursos naturales: el petróleo, el agua.

Pasamos también por la espectacular contienda por llegar primero al espacio: banderas en la Luna, satélites en órbita, cohetes y astronautas convertidos en héroes nacionales, en el intento de poblar Marte. En cada etapa, la meta era ser el primero, el más poderoso, acumular el prestigio internacional.

La nueva “guerra”


Hoy, el nuevo escenario de conquista es digital y sutil: la Inteligencia Artificial (IA). Las armas no son barcos, rifles o cohetes, sino algoritmos, chips y centros de datos. La meta dominar una tecnología capaz de transformar economías enteras, derrumbar barreras lingüísticas, vigilar poblaciones e, incluso, fabricar armas más inteligentes que nunca. Esta “carrera tecnológica”, protagonizada actualmente  por proyectos como DeepSeek (China) y ChatGPT (EE. UU.), no se reduce únicamente al prestigio o la hegemonía digital; implica controlar el poder energético.

ChatGpt vs DeepSeek


En  Occidente, ChatGPT irrumpió con un poderío casi cinematográfico. Microsoft le inyectó fondos multimillonarios y, en cuestión de meses, las empresas y los medios no hablaban de otra cosa. Pero, como suele ocurrir en las grandes gestas, siempre aparece un rival dispuesto a desafiar el liderazgo.

La aparición de DeepSeek, un modelo chino más barato y ligero, fue como una “bomba” en el mercado de la IA. Los ingenieros chinos, bloqueados por EEUU para obtener  los chips de última generación de Nvidia, se vieron obligados a innovar y encontraron la manera de entrenar un modelo a un costo hasta 20 veces menor, “haciendo de la adversidad una ventaja”. Además, decidieron compartir parte de su tecnología de forma abierta, permitiendo que más desarrolladores se sumen y fortalezcan el ecosistema.

¿El resultado? Estados Unidos empezó a sudar frío. Dominar la IA va más allá de crear el mejor chatbot. Quien imponga su tecnología establece también su sistema de valores y controles. No es solo quién “tiene la mejor IA”, sino quién controla cómo se maneja la información del mundo y qué “narrativa” o valores prevalecen. A través de chats, buscadores o redes sociales, se puede moldear  y dirigir la opinión pública.

Implicancias geopolíticas


En la arena geopolítica, el país que domine la IA dispondrá de herramientas cruciales para: generar influencia global a través del control de la información y la manipulación algorítmica; fortalecer su industria de defensa con sistemas de vigilancia, drones autónomos y armamento inteligente, impulsar su economía con la optimización de procesos industriales, creación de nuevos negocios, mejora en logística y salud.

Para competir estos modelos requieren una infraestructura gigantesca: granjas de servidores que trabajan 24/7, sistemas de refrigeración constante,  redes de fibra óptica. Lo que implica un elevado consumo de energía eléctrica y agua (especialmente para enfriar los data centers). Por ende, la disputa por la supremacía en IA no se limita a quién tiene el mejor software sino que  incluye la obtención o el control de agua y electricidad en zonas geográficas estratégicas.

Estamos ante una competencia que involucra recursos naturales, tecnología punta, cultura y economía. Es silenciosa, porque no hay batallas navales ni lanzamiento de cohetes, pero sus efectos pueden ser más profundos que en otras épocas: una IA dominante podría reconfigurar los empleos, la educación, el entretenimiento, la prensa y la manera de hacer negocios.

“Botín de guerra”


Los data centers van donde hay energía y agua, y esos recursos pueden convertirse en “botines” de la próxima década. Las regiones con capacidad energética y política estable, como la Patagonia Argentina, podrían ser valiosas fichas que las superpotencias quieran ganarse. Tanto inversores de EE. UU. como de China han mostrado interés en instalar sus infraestructuras.

El choque entre ChatGPT y DeepSeek no es solo una “pelea de chatbots”. Es la disputa por quién dará forma al futuro digital del planeta. La “carrera” actual por la IA enfrenta dos grandes modelos. El control del agua y la energía se torna clave. Argentina —con recursos energéticos y necesidad de inversiones— podría volverse un espacio disputado, pero la  falta de una normativa robusta en IA y la oscilación de alianzas geopolíticas añaden incertidumbre.

La guerra de la IA es una lucha por la hegemonía cultural, la soberanía tecnológica, y por el control de la energía y del agua que alimentan gigantescos data centers. Y, aunque suene distante, esta pugna definirá la realidad cotidiana de cada uno de nosotros: desde la manera de trabajar, hasta la información que consumimos, pasando por la estabilidad de nuestras economías.

La gran pregunta es: ¿Dejará Argentina que otros definan nuestro destino en esta ‘guerra silenciosa’ por la IA, o haremos valer nuestra voz antes de convertirnos en mero botín tecnológico?

* Directora del Instituto de Derecho e I.A del Colegio de Abogados y Procuradores de Neuquén.


En la historia de la humanidad, las grandes potencias navegaban los mares con la firme intención de anexar territorios, exhibiendo banderas y reclamando nuevos dominios para la Corona. Tener más territorio significaba más relevancia política y militar. Luego llegó la era del oro negro y la obsesión por los recursos naturales: el petróleo, el agua.

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