Según mi humilde punto de vista
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Pasó una bandada que creo que era de golondrinas. Veloces, inverosímiles e intangibles, y Martha, que es nuestra nueva adopción (y con ella tenemos el pasaje completo), se quedó patitiesa y boquiabierta observándolas. Era la hora dorada del atardecer, así que la bandada tenía un matiz flamígero, como si fuera una migración apocalíptica o como si fueran, no exageremos, otras aves que no llegué a reconocer. Martha, cuyo nombre se inspira en el título de la célebre canción que Paul McCartney le dedicó a su perra, no tiene el linaje de aquel antiguo pastor inglés, pero así es como nos gustan. Rescatados e indocumentados. Sobrevivientes.
Pasó luego otra bandada igual, y esta perra maciza, donde uno puede reconocer vagamente genes de Shar Pei suavizados por innumerables amoríos clandestinos, y que tiene un carácter tan bonachón que prefiere los largos abrazos a los juegos de correr y atrapar, volvió a quedarse embobada con el cielo de crayones celestes y naranjas y golondrinas. Me pregunté entonces qué vería en realidad con sus ojos graves y asombrados. Es un enigma que me visita periódicamente y que me obsesiona. Porque si hay un sesgo fundacional de la consciencia, es el que dice que todos los demás tienen la misma percepción del entorno que nosotros.
No resbalaré por las definiciones de realidad. Por ahora, admitamos que, prima facie, ahí afuera hay una escenografía que nuestros sentidos captan. Pero no tenemos ni la menor idea de qué perciben los demás. Por eso invertimos una enorme cantidad de tiempo en acordar, por ejemplo, los nombres de los colores; y no es inusual que surjan debates al respecto. Debates variopintos, debería decir, para usar una palabra que se ha puesto de moda.
Hay más, sin embargo. Martha no pertenece a una especie que privilegie la visión; su mundo, como el de todos los perros, es un universo de olores e indicios que su hocico sibilino capta con rigor. Rodó el otro día por el piso uno de los bocaditos con que las premiamos, porque todavía es torpe para atajar comida en el aire, y, como los sabuesos de los dibujitos animados, fue siguiendo varios metros el rastro con esa nariz aguda y fría hasta dar con lo que buscaba.
Me dirán que las personas tenemos, con las variaciones previsibles, la misma configuración sensorial, y por lo tanto, ante un atardecer veremos más o menos lo mismo, y los horneros y la brisa sonarán aproximadamente igual. Pero tampoco es así. Donde uno ve el sol sobre el horizonte, otro, mejor informado, sabe que el sol en realidad se ocultó hace varios minutos y que es la refracción atmosférica la que nos ofrece el bello espectáculo. Y todavía otra persona podrían plantearse qué valor tiene saber este dato si, dadas las circunstancias, no es posible escapar a tal ilusión óptica. A todas las ilusiones, pongamos mejor.
Ojalá fuera solo la atmósfera y su prestidigitación. Caminaba anteayer por el jardín y los últimos jazmines perfumaban sin intención el aire. Si esa sinfonía que empezó en noviembre, ahora agónica, despertaba en mí tal cosecha difusa, pero inconfundible de emociones y recuerdos, ¿qué eran en realidad los jazmines? ¿Son la suma de todas las sensaciones que han provocado desde que las descubrimos en el sudeste asiático, cuando amanecía la humanidad? ¿A qué huele un jazmín solitario en una lomada antediluviana?
Estamos persuadidos de que nuestro punto de vista es el metro patrón. Y eso es terrible, porque ni siquiera la novela que empecé a leer hace diez años y abandoné se siente igual ahora, cuando la retomo; ni la película que vi fascinado en la adolescencia me deslumbró tanto hoy. Entonces, cuando paso en limpio a Martha, las golondrinas apresuradas del atardecer y el aire limpio, que a ella le trae portentos de lugares lejanos y a mí solo me huele a que el tomillo y el orégano se desperezan, porque acabo de regar, lo que me queda es una conclusión a la que arribo estupefacto. La realidad, queridos amigos, es un gran malentendido.
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