En la vida se gana y se pierde; pero, en ese itinerario signado por las dificultades y los altibajos, algunas pocas cosas esenciales deben quedar preservadas: el amor, la inocencia, la dignidad, la certidumbre. Feliz 2024.

 

Como todos los años, cuando diciembre va muriendo, nos asalta como una necesidad de inventario existencial mirando al futuro.

En la vida se gana y se pierde; pero, en ese itinerario signado por las dificultades y los altibajos, algunas pocas cosas esenciales deben quedar preservadas: el amor, la inocencia, la dignidad, la certidumbre. Es el modo de recomponernos cotidianamente luego de las caídas y apostar a la vida.

Si alguna de esas tardes -aunque sea en sueños- un pequeñito rubio (también podría ser moreno) se te acerca y te dice: "Por favor… píntame un cordero!”, trata de hacerlo. "El Principito”, personaje de Antoine Saint de Exupéry, en estos días podría andar rondando por ahí, más fácilmente en los sueños, territorio propicio para sus dulzuras. 

Hay que permitir que este hombrecito se incorpore a nuestras cosas como una reliquia azul, como un reaseguro de la vida. En un país signado por la violencia de toda índole, a la que se le ha hecho el campo orégano por ausencia de reafirmaciones institucionales, el agua clara puede ser paliativo entre las manchas, pero no más que eso, una breve compañía para ahuyentar la angustia.

Tomar conciencia

Bajando las cavilaciones desde la dulce figura de un niño ingenuo y fundamental, para recalar en la realidad, es imprescindible, cuanto antes, tomar conciencia del país que nos toca y nos duele, y reflexionar con rigor que no se puede vivir dignamente en la zozobra; que no es loable la vida supeditada al desasosiego, al desencuentro, a la improvisación. No es un tema ideológico. La mínima tranquilidad ciudadana no es patrimonio de las derechas ni de las izquierdas. Prevenir los desbordes y el delito o reprimirlos con todo convencimiento y energía dentro de la ley, no es un instrumento y herramienta de gobiernos liberales, socialistas o populistas, sino un deber del Estado como institución organizadora de los pueblos. Pero en un marco de certidumbres.

De nada sirven las ostentosas argumentaciones fundadas en las garantías del individuo como límite a la acción estatal, o la cómoda posición de no judicializar protestas, aunque sean salvajes y conspiren contra la tranquilidad de la Nación misma. El ciudadano ya tiene otorgadas sus garantías desde el instrumento sagrado de la Constitución; pero si la calle es campo para cualquier cosa, y ni siquiera en nuestras casas podemos disfrutar de mínima tranquilidad, sea por violencia o por incertezas, el andamiaje garantista trastabilla y el reclamo justo del ciudadano encuadrado en la ley, que implora resguardos para poder subsistir con alguna dignidad, vuelve a fojas cero la ordenación social.

Legítimas aspiraciones 

Cuando un año casi impredecible se nos viene en cuento, pienso que la aspiración de tener cercano al Principito aparece en estos momentos que nos toca vivir como una quimera, pero no por eso debemos apartarla de nuestras legítimas aspiraciones; para que se convierta en genuina ilusión. Es el mismo dulce personaje el que -a punto de acobardarse y abandonar- se va alejando de la escena que nos toca protagonizar, por elementales razones que, seguramente, no comprende; porque -por el camino que vamos- la violencia física y la violencia de la incertidumbre, pueden adueñarse del escenario nacional, erigiéndose en contravalores que operen como sobreentendidos, jardines perdidos en la resignación, en un país donde mucha gente hace un tiempo que ha dejado de soñar para preocuparse por no morir.

 

Por Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete