Cómo olvidarse de True Detective
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Hace unas semanas, la revista The Hollywood Reporter publicó una compulsa entre críticos sobre las 50 mejores series del siglo XXI. ¿Novedades? Mad Men desplazó del primer lugar a Los Soprano. The Wire, un entramado coral sobre la ciudad de Baltimore, tal vez la serie más consistente de que se tenga noticia, aparece en quinta posición. Succesion, esa Dinastía aggiornada por una cámara titubeante, aparece tercera: pura cuestión de moda. ¿Breaking Bad? Relegadísima, en el puesto 16.
Las listas son una pasión vertiginosa. Están más cerca del juego que de la ciencia. La arbitrariedad inevitable queda realzada por los faltantes. Que Peaky Blinders o Sherlock no encuentren lugar en la revista de la industria estadounidense tal vez se deba a su origen británico (por mucho que se tomaran en cuenta todas las series habladas en inglés). Hay sin embargo algo –considerémoslo una cruzada subjetiva– de verdad imperdonable: la estruendosa ausencia de True Detective.
Es verdad: la serie escrita por el novelista Nick Pizzolatto tiene un handicap. Cada temporada presenta una nueva historia sin conexión con la anterior. Cambia el escenario, cambian los protagonistas. Ergo, son desparejas. Las unifica que en el centro siempre haya un par de policías de investigación. La primera entrega de True Detective (2014, con Matthew McConaughey y Woody Harrelson) puso la vara tal vez demasiado alto. La segunda temporada (2015, con Colin Farrell y Rachel McAdams), por contraste, desilusionó: no siempre resulta tolerable la oscuridad de un policía corrupto o los monólogos existenciales de un mafioso. La tercera (2019, con Mahershala Ali y Stephen Dorff) recuperó el tono de la primera, incluida la estructura de un crimen al que se vuelve mucho tiempo después de cometido. De la cuarta solo sabemos que se estrenará en 2024, estará situada en Alaska y actuará Jodie Foster.

En todo caso, la primera parte –si no toda la serie– alcanza para colocar a True Detective en un sitio bien visible de cualquier lista. La historia, contada de manera no linear, tiene más de un enigma: un asesinato ritual con pistas que parecen sembradas para intrigar a los investigadores, pero también la Louisiana profunda con sus pulsiones del viejo sur. De todas maneras, importa tanto la resolución criminal como el lazo y las tensiones entre los dos policías. Marty Hart (Harrelson) es un clásico agente provinciano, la contraparte de Rust Cohle (McConaughey), que más bien parece salido de los subsuelos de Dostoievski: de su experiencia de infiltrado en una banda de narcotraficantes le quedan residuos alucinatorios que lo vuelven proclive a una percepción inédita del entorno. Puede citar a Nietszche, aunque su pesimismo se parece más al de Schopenhauer. Como dice alguien en la serie: “Puede que (Rust) sea intenso, pero es una persona íntegra”. El dúo resuelve el caso de manera espectacular (o eso parece), pero años más tarde Cohle –interrogador con fama de impasible– intuye que el cerebro de los crímenes sigue libre.
Pero True Detective tiene un componente más: los ecos ficcionales de ese mal absoluto. Las palabras clave que escuchan al pasar los detectives son “Carcosa” y el “Rey amarillo”. El misterioso primer nombre alude a una ciudad mítica y siniestra. Apareció por primera vez en “Un habitante de Carcosa”, un cuento de Ambrose Bierce (1842-1914), tan inquietante que la ciudad sería utilizada después por otros autores. Por R.W. Chambers, por ejemplo, que en sus cuentos de El rey amarillo la vuelve a nombrar, sumándole un supuesto libro (The Yellow King) que literalmente vuelve locos a los que lo leen. El horror cósmico de H.P. Lovecraft es el puerto de llegada de esos relatos, turbio universo del que también se vale de manera sibilina aquel primer True Detective, que, mucho más que un policial al uso, sigue mejorando con el tiempo como casi ninguna serie, esté o no en una lista pasajera.
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